Jay Gatsby es el rey del West Egg, Nueva York, un perfecto e impecable hombre de mundo, millonario, cuyas fiestas sin tregua son el punto de reunión de la crápula neoyorquina del momento. A través de ese mundo lleno de brillo, risas, champán, snobismo y triunfo, se vislumbra –cómo no, bienvenido al mundo real– una vida solitaria. Jay Gatsby, y todos los personajes que pululan por su casa y sus fiestas son perfectamente frívolos, están perfectamente vacíos, viven solos, a pesar de emparejarse con relativa frecuencia, y en ocasiones durante cierto tiempo. El amor y la amistad entre ellos no consiste en conjugar el ¨nosotros¨, sino en absorber al otro en mi ¨yo¨.
Tristeza. Al terminar el libro, la sensación era tristeza. No pena ni llanto, sino tristeza. Eso es lo que me pasa cuando alguien me deja asomarme a su alma y lo que veo es vacío, o frivolidad, que no es más que vacío disfrazado de diversión: si te asomas y ves maldad puedes sentir miedo, horror, compasión, o pena, o ganas de perdonar, pero cuando hay vacío, frialdad, frivolidad, sólo puedes sentir tristeza.
Dicen que Francis Scott Fitzgerald es el perfecto cronista de la vida en Estados Unidos en la década previa al desastre de1929. No sé si es así: no conozco la época y es lo primero que leo de Fitzgerald. Sí puedo decir que hacía tiempo que quería leer este libro y que me alegro de haberlo hecho, porque es bueno, muy bueno.
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