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3 de octubre de 2008

Marca de agua (Edhasa)

—¿Qué tal?, ¿qué tal?
—Pues mira, estoy contento de haberlo terminado.
Lo primero que pensaría mi interlocutor es que Marca de agua me ha parecido un tostón , y que acabarlo ha sido una liberación... Y se equivocaría.
Se me ocurren más razones por las que, acabado el libro (¿qué tal este ablativo absoluto?), alguien diría que está contento. La primera, porque es un artista. No porque va de artista, que suelen decir que les encantan libros que no saben ni donde comprar, o se viste de artista, sino porque lo es, en el sentido más metafísico de la palabra ser. Es el caso del amigo que me prestó el libro -el Llanero Solitario se hace llamar a veces-: un tipo de esos que dice que le debe mucho a tal autor o a tal libro y te das cuenta de que es así. Porque Joseph Brodsky es un esteta y un alma de artista conecta con él. Pero, lamentablemente, no es mi caso.
Otra razón que se me ocurre es que eres un tipo (soy hombre y me niego a añadir el /a) cultivado, un tío que sabe de letras y de literatura, que ha leído o estudiado, ha desarrollado su sensibilidad y reconoce una buena obra cuando la lee. Porque, sin duda, un señor que, como Brodsky, escribe en una lengua que no es la suya y le dan un Nobel por hacerlo, mal no lo hace. Pero tampoco es mi caso.
Hay todavía otra razón para estar contento al terminar Marca de agua: haber hecho los deberes, haberte enfrentado a un reto y haber aguantado, haber gustado que el bien es arduo y no haberte arrugado. Reconozco que me he perdido varias veces, que no he pillado ni la mitad de la belleza y genialidad escondidas en las apenas cien páginas de la edición de Edhasa. Pero me quedo, seguro, con algo de todo eso.
Y también, claro, he disfrutado en muchos momentos. Y me he reído en otros. Pruébalo.